Su dueña se montaba
todas las mañanas
en la caja de lata
e iba hasta el piso 22
Ella, sentada sobre
sus dos patas traseras,
esperaba siempre
en el mismo sitio
en la recepcion,
sin inquietarse
ni distraerse
por tacones o corbatas
La mujer bajaba
al rato,
ella se incorporaba,
meneaba la cola
y ambas se perdían,
cadenciosas,
en la agitada
calle de fuego
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