viernes, 10 de septiembre de 2010

¿AHORA QUÉ HACEMOS?

Una tos seca hizo que despertara esa mañana. Observé el reloj. Como de costumbre, varios minutos antes de lo previsto. Un vomito sobrevino a otro y a otro y a otro. Me aseé y me dirigí al trabajo.
Me encontraba en la recepción, casi despierto, esperando que el elevador descendiera de las nubes.  

Era uno de esos ascensores con capacidad para soportar 490 kilos (7 personas promedio)... Seamos realistas, nunca he confiado en estos aparatos,  pero no estaría yo –día tras día- haciendo cálculos acerca de cuanto podrían pesar las personas con las que habitualmente compartía el trayecto de la Planta Baja al piso 17 para llegar a la oficina.
Conocía a cada uno de mis compañeros y esa mañana en particular ascendí con el Lic. Bogado, un viejo tísico al que le habían diagnosticado una extraña enfermedad terminal -extraña para mí- porque no estaba al tanto de lo que se trataba. También se encontraba Gertrudis, de unos 37 años, con la que he llegado entablar alguna que otra conversación esporádica. Nunca pude descifrar si lo suyo era depresión o amargura o ambas cosas.
Era mi estilo, catalogar a las personas luego de la primera impresión. Esto me servía como arma para eventuales encuentros. Por último estaba ella, Magnolia, aunque no conocía esa flor podría estar seguro de que no la superaba en belleza. Se desempeñaba como secretaria del gerente y no hacía más que ignorarme.

-¿No podría ser un trayecto más ameno?... ¡Vamos, somos cuatro, organicemos una fiesta!... Si esto se detiene nadie sabe lo que puede llegar a ocurrir -frases como esas se cruzaban por mi mente mientras nos elevábamos. Era una buena técnica para evitar concentrarme en los chirridos que soltaban los cabos que debían jalar a la caja plateada.  

Cuando el pequeño círculo –ubicado junto a los otros en forma horizontal sobre la puerta- se encendió y marcó el 17 sentí un leve alivio.
Cuando la puerta comenzó a abrirse ya podía verme sentado al escritorio, sorbiendo café y  mirando los informes que debía completar.
Cuando la puerta quedó trabada a mitad de proceso experimenté un espantoso escalofrío.
Cuando el ascensor se precipitó al vacío todos comenzaron a gritar y yo tuve tiempo de preguntar: ¡¿Ahora qué hacemos?!.
Una voz, con un marcado tono de conformista, respondió en mi cabeza,

Nada... Simplemente morirnos.    

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