lunes, 13 de septiembre de 2010

HABLANDO SE ENTIENDE LA GENTE

Estaba desayunando muy tranquilo. De pronto se me acerca él.


-¿Qué piensas hacer con tu maldita vida? –me grita a la cara.

-¿Se puede saber quién pregunta? –dije yo.

-¡Yo soy tu padre, imbécil!

-Ah, tienes razón.

Los dos nos miramos a los ojos un buen rato. No pronunciamos palabra alguna.

-Perdón hijo. Creo que me confundí.

-Al contrario, perdóneme usted.

Le di un mordisco y no se quejó. Me di cuenta que esa galleta no tenía ojos ni boca. En nada se parecía a mi padre.

Continué desayunando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario