Estaba desayunando muy tranquilo. De pronto se me acerca él.
-¿Qué piensas hacer con tu maldita vida? –me grita a la cara.
-¿Se puede saber quién pregunta? –dije yo.
-¡Yo soy tu padre, imbécil!
-Ah, tienes razón.
Los dos nos miramos a los ojos un buen rato. No pronunciamos palabra alguna.
-Perdón hijo. Creo que me confundí.
-Al contrario, perdóneme usted.
Le di un mordisco y no se quejó. Me di cuenta que esa galleta no tenía ojos ni boca. En nada se parecía a mi padre.
Continué desayunando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario