lunes, 13 de septiembre de 2010

CUESTIÓN DE TIEMPO.

 Era una noche tranquila. Una de las pocas que quedaban por aquél entonces. El inicio de la Tercera Guerra Mundial era inminente. El que no quería creerlo se engañaba.


Una hermosa luna llena iluminaba los senderos que Plinio, “El perdedor”, debía recorrer para llegar hasta el bar. Lo hacía habitualmente después del trabajo. Si se le podía llamar trabajo (evitar que los gallos atravesaran el corral de las gallinas, en la granja del viejo alemán). Si te pagan por hacer algo parecido, será mejor que lo llames trabajo, y será mejor que te conformes.

“El perdedor”, ingresó al bar a las 21:30. A las 22 ya se encontraba a tono... Se lo tomaba todo muy en serio... Comenzó a beber a los 15 años. Lo hacía por despecho. Eso es lo que decía:

"La vida me ha jugado muy sucio, hermano, por eso bebo, y pienso beber hasta que me olvide del por qué lo hago ¿Alguna objeción?"...

Siempre intentó mostrarse rudo, pero sabía que era frágil como una hoja seca al viento.

El viejo reloj cucú, suspendido a un costado de la barra, marcó las 23:30. No se escuchaba ninguna melodía, sólo el delirar de los borrachos. Voces desencajadas y ásperas; gritos, balbuceos y palabras indescifrables se mezclaban con el humo y el agrio hedor.

Plinio bebía su tequila junto a la barra, no le agradaba observar a los demás perdedores, siempre les daba la espalda.

-Pepu –dijo “El perdedor”- Otra botella... Hoy quiero morir... Más cigarrillos por favor.

Pepu era el dueño del bar. Un hombre de aspecto cadavérico, quizás un asesino serial nunca descubierto. Un animal de sangre fría que nunca dependió de los rayos del sol.

Plinio se largó a beber su tercer tequila... La euforia comenzaba a aflorar.

-¡Baaa!.... No tiene importancia... Es que me pone de muy mal humor... ¿A tí no? Quiero sentirme mejor y sé que podré lograrlo –“El perdedor”no iba a parar. Lanzó un codazo a su izquierda. En la butaca de al lado permanecía inmóvil un mono capuchino disecado. La sonrisa congelada del simio ponía al descubierto los afilados colmillos. Sus ojos fueron remplazados por esferas de vidrio.

-Ese es el problema. Tú no me respondes porque no lo recuerdas, pero yo jamás podré olvidarlo... Mi padre se cansó de repetirlo: “Hijo, debes aprender a guiarte por el sol, él nunca te fallará. Ya me ves a mí, a mis 80 años, completamente seguro de haberlo logrado”.

Yo le preguntaba que había logrado y él me respondía: “Ya sabes, yo lo vi todo, estoy seguro de que guíe a mi espíritu por la senda adecuada. Hijo, no importa la situación, ten presente esta frase: El sol sale para todos... Te preguntarás por qué te digo estas cosas. Es mas, estarás pensando que nada de lo dicho hasta ahora tiene sentido. Y lo tiene hijo mío. La luna no es para ti. Sí, así de sencillo. Olvídate de ella y todo en tu vida se pondrá mejor. La Luna es la que te verá caer. Acuérdate de esto cuando estés sentado a la barra de algún mísero bar, haciéndote esta pregunta una y otra vez: ¿Qué fue lo que hice mal? Ahí está el punto. Ahí está el punto, hijo" –Plinio dejó de hablar, tenía la mirada extraviada. El pequeño simio permanecía inmutable. Varios mechones de pelo marrón se le habían caído. Podía verse la costura en el estómago y un trocito de felpa asomándose en donde antes había un ombligo.

“El perdedor” volvió a su monologo, seguro y distendido, como si se estuviera mirando al espejo.

-Ahí está el punto, mi padre tenía razón, siempre la tuvo. Es ella la que me tiene de esta manera. Maldita... ¡Ah nooo! Pero a ti no te interesa en lo absoluto. Tus antepasados fueron los primeros en explorar el espacio... La inteligencia del hombre al servicio de los monos, ¿o es a la inversa? –Plinio comenzó a gesticular como un hombre poseído.

¡Por favor mister sonrisas, no me vengas con cuentos infantiles! Lo mío es serio y te lo cuento a ti porque no confío en los demás... En ti tampoco confío, pero al menos no te pones como loco... ¿Quieres un trago?... No seas tímido. Estas muy callado esta noche. A ver, por qué no me cuentas una de tus tantas aventuras en el Caribe. O mejor, háblame del circo, sí, aquél del que te ayudé a escapar...

Lo siento, me dejé llevar. Creo que eres el único amigo que tengo... ¡Pero no andes por ahí presumiéndolo! Si lo haces te arranco la cabeza y la lleno de colillas.

“El perdedor” miró a su alrededor. Eran las 3 de la mañana. Todos los borrachos estaban tumbados en sus asientos, los brazos y rostros sobre la mesa. Plinio se puso a observar detenidamente la llama de su cigarrillo. Volvió a mirar para todos lados y con un movimiento brusco estrelló el pitillo contra la frente del pequeño capuchino. Unas chispas cayeron al suelo.

-No te pongas histérico, te lo buscaste, simio. Mi padre tenía razón, uno debe demostrar que tiene la situación bajo control... Lo de la Luna, ya lo voy a solucionar. Es cuestión de tiempo, solo debo recordar en dónde se soltó el cabo –La voz de Plinio adoptó un aparente tono apacible.

-No quiero alarmarte monky, pero creo que estás muerto. Sí, así es, nadie se animó a decírtelo. Tenían miedo de herir tus sentimientos… ¡¡Ja-ja-ja!! No tienes por qué agradecérmelo, para eso están los amigos. Me gusta hablar de frente y...

-¡Ya vamos a cerrar muchachos! -Pepu interrumpió el monólogo. Se puso a golpear la barra con un sucio mazo de cocina. Los borrachos comenzaron a desperezarse... Siempre respetaron al cantinero, quizás por la fama de asesino que se había ganado, o simplemente por el buen trato. Plinio se inclinó levemente en dirección al mono. Esos ojos de cristal lanzaron un centelleo como los de un gato:

-¿Oíste eso amigo? Ya me están echando –“El perdedor” pudo ver que las pequeñas orejas del mono fueron cosidas a la cabeza con un delgado alambre de cobre.

-No te dejes vencer, Chiquitín. Enséñales de qué estas hecho, o de lo que estabas hecho; ja, ja, ja... –Plinio se puso a susurrar, como si estuviera a punto de divulgar un gran secreto -No lo olvides, tenlo siempre presente, tu nunca llegarás a la luna y yo no podré...

-Se acabó, Plinio. Tengo que colocar al simio en su sitió –“El perdedor” enderezó el pescuezo.

-No te hagas problemas, Pepu. Es que me gusta contemplar a ese pequeño animal. Ya lo sabes. Ah... ¿La cuenta?

-Te lo apunto en la libreta –el cantinero asesino conocía el procedimiento.

-Está bien, nos vemos mañana... Oye Pepu, una cosa más... Salúdame a la familia de mi parte.

-Está bien muchacho, ahora vete.

“El perdedor” salió a la calle. Una madrugada bastante fresca en la ciudad. Los obreros se desplazaban presurosos. Muy pronto se sumergirían en sus condenados empleos. Plinio acomodó su pequeño sombrero, caminó unas cuadras. Ingresó al callejón, su caja de cartón le parecía irresistible. Se tendió en ella, echó un vistazo al cielo. La luna ya se había escondido.

-Ya nos vamos a encontrar –“El perdedor” soltó un suspiro y se quedó dormido. Ese día no fue a lo del alemán.

No hay comentarios:

Publicar un comentario