Don Arturo de la Fuente vivía en un barrio residencial... ¿Cómo identificamos un barrio así? Sencillo, simplemente debes fijarte en las casas lujosas, de frondosos jardines, autos de marca, perros de raza y mucamas metidas en uniformes que parecen no tener forma. Otro detalle fundamental, nunca verás a los propietarios sentados frente a sus casas, rascándose, riendo a carcajadas, o regañando al hijo menor, fruto del quinto matrimonio, sólo porque al mocoso le da por hurgarse la nariz con el dedo gordo del pie.
A buen tiempo, ahora no podrás confundir una zona residencial con un barrio de carne y hueso, de esos que crecen tan deformes y colmados de vicios.
Don Arturo de la Fuente nació y creció en el seno de una familia acaudalada, nunca le faltaron lujo y confort, pero de todas maneras se empecinaba en ser infeliz, el motivo: no aprendió a ser frívolo, superficial y avaro como todos los demás magnates... Fue por eso que decidió vivir en un barrio residencial, aunque suene contradictorio. Él quería ejercer su posición de millonario y comenzó a nutrirse de los hábitos y peculiaridades de los demás potentados.
Don Arturo se pasó años y años comprando autos del año, remodelando y ambientando su casa e imitando todas las ocurrencias de los vecinos. En realidad, casi todas las ocurrencias...
En cierta ocasión había llegado al barrio la moda de decorar los jardines con figuras de ciervos, flamencos, ardillas, hongos y el infaltable duende -fruto de las mentes más desquiciadas de este mundo-.
-¡Yo quiero uno como ese!, ¿en dónde lo consigo? -exclamó y luego indagó Don Arturo de la Fuente a su vecino, el "Gordo bigotes de morsa", que ya había adquirido un duende.
-Vecino, tal el caso... Estos duendes fueron rematados por Blancanieves, luego de convertirse en una víctima más del desbarajuste financiero global. Como sabrá ustéd, sólo existen siete diminutos personajes de estos y ya fueron vendidos en su totalidad... En último caso, sigue a la venta el bambi, pero le advierto que éste tiene un serio problema para permanecer quieto... No se lo recomiendo -cuando acabó de decir esto, la morsa sacó un pez vivo del bolsillo del saco y se lo metió en las fauces.
“Lindo espectáculo”, diría yo si estuviera presente.
-Que pena me da -suspiró Don Arturo de la Fuente y se retiró bailando como un cosaco.
¿Qué tendría este diminuto ser que tanto obsesionaba a Don Arturo de la Fuente? Aparte de su tamaño, la sonrisa electrocutada, el gorro de dormir y las botas de bufón... Nada fuera de lo común, pero el Don no quería echar el brazo a torcer.
-¡Yo quiero tener un duende! –gritó.
Al rato se le ocurrió algo brillante. En realidad, se me ocurrió a mí, pero si me hago responsable de tal idea pensarán que estoy un tanto destornillado.
-¡Ya lo tengo, voy a contratar a un enano bien simpático! -gritó Don Arturo de la Fuente, lo malo fue que lo gritó en plena misa de domingo.
Así lo hizo el acaudalado. Trajo al enano de segunda mano, lo vistió de duende y lo plantó en medio de su jardín, justo al lado del bambi, aquel que sufría ataques de ansiedad e hiperactividad.
Todo marchaba a las mil maravillas. Don Arturo llegaba del trabajo y observaba satisfecho a su prototipo de duende. Éste, a diferencia de los otros, tenía permitido saludar, sonreír y guiñar el ojo. Y ahí estaba el enano, guiñando y sonriendo como todo buen ornamento de jardín...
Lindo, ¿No?... Pero como todo relato debe tener una exposición, nudo y desenlace... Digo, veamos lo que ocurrió.
Pasaron los años y los saludos se fueron convirtiendo en baratas escenas de cine mudo. A Don Arturo de la Fuente ya no lo impresionaba el enano de voz ronca que tenía incrustado en su jardín. Por su parte, el imitador de duende se aburría mucho y el bambi no lo dejaba dormir...
Esta farsa estaba a punto de llegar a su fin.
Una tarde, luego de trabajar y muy decidido, Don Arturo de la Fuente se propuso encarar a su duende asalariado.
-¡Mira, Chepón! -el nombre también era falso- tengo que decirte algo muy importante -en ese instante interrumpió el hombrecillo que sólo tenía permitido decir hola.
-Un mo... mo... momento, Don... Yo... yo... yo también tengo algo que expresarle -dijo cabizbajo el bajo.
-¡Dime, Chepón!... ¿Qué vaina es esa? -respondió el Don, mientras realizaba una formula del segundo DAN de Taekwondo.
-Es que, es que... Don, he decidido renunciar... No se enoje usted conmigo. Pasé momentos muy gratos en su jardín, pero creo que he descubierto mi verdadera vocación -los ojos del enano escupieron unas lágrimas envueltas en terciopelo de leopardo... Raras lágrimas, ¿No?... Sólo un enano emocionado puede llorar de esa manera.
-Comprendo, Chepón... Yo te apoyaré en todo lo que decidas -el Don se ahorró el discurso del despido.
-Verá usted, Don Arturo de la Fuente... Mi gran sueño es trabajar en una oficina, de esas tan confortables y llenas de cosas de oficinas. Me gustaría estar en contacto con personas distinguidas y muy elegantes... Mantener largos diálogos de piedra y charlas inconexas con intelectuales que leen revistas de nombres difíciles de pronunciar... ¿Sabe usted a lo que me refiero? -dijo Chepón al patrón, con todas las ansias del mundo a cuestas.
-Chepón, lo comprendo perfectamente... Deja todo en mis manos. El viernes empezarás una nueva vida –la aguja del medidor del alma del Don pasó de desalmado a buen samaritano.
Y llegó el día soñando por ambos. El "gran" Chepón, que en realidad se llamada Juan Ramón de la Cruz Torales Ledesma, incrustado en su traje verde limón, acompañó al patrón a la oficina... Ambos ingresaron al mismo tiempo por la gran puerta de vidrio, la que tenía impresa la palabra "PRESIDENTE".
-Ya llegamos, Juan Ramón de la Cruz Torales Ledesma, acomódate a tu gusto, luego veremos que cargo hace juego con tu traje -el "PRESIDENTE" tornó su voz un tanto autoritaria.
Juan Ramón de la Cruz Torales Ledesma echó un vistazo a la oficina, se acercó al escritorio y pegó un brinco sobre él. Allí permaneció el ex-duende, ahora todo un pisapapeles y velador en ciertas ocasiones. Se acomodó la corbata y vivió feliz para siempre.
Pero eso no es todo...
Don Arturo de la Fuente descubrió que realizar buenas acciones era más divertido que imitar a las morsas y se dedicó de lleno a esa tarea.
La Morsa volvió a la Antártida, luego de unirse en matrimonio con el bambi. Tuvieron cinco morsas de tupidos cuernos y notables aires de grandeza.
Los siete enanitos fueron ingresados de urgencia a un hospital regional, luego de una extraña intoxicación por la ingestión de trozos de hongos de yeso y mármol.
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