Volví a repasar el plan por última vez y me pareció tenerlo todo a punto. Estaba listo para dar lo que consideraba uno de los más grandes golpes de la historia del engaño...
En realidad no estaba planeando nada, solo era otro delirio, producto de la revista de historietas que acababa de leer. Miré mi reloj, eran las 00:50. Observé a mi alrededor, intenté fijar la mente, pero no pude... Apagué el velador y me dormí.
Desperté a las 06:30, el perro estaba parado al lado de la cama, llevaba la lengua afuera y movía alegremente la cola... -Ok, amiguito... es hora del desayuno, ¿no?
Me sentía bien... A tal punto que estuve a poco de sonreír a las paredes...
Alimenté al perro, luego me di una buena ducha, desayuné y salí a la calle. Era un trayecto de ocho cuadras hasta la parada del autobús... Llegué y vi a un niño como de unos ocho años, con el uniforme de colegial y el cuello de la camisa doblado para dentro, también se encontraba una mujer de unos cuarenta años, obesa y con cara de haber parido al mundo... –Ha!, gente horrible –susurré... Llegó el camión, lleno a tope como a diario... –¡A ver, hagan espacio ahí en el medio! –gritó el conductor... Ha!, gente más horrible aun –volví a susurrar y creo que un hombre alcanzó a oírme, tenía la cara deforme como si se la hubieran rajado con un ladrillo.
El viaje en autobús se hace interminable y es ahí cuando comienzan los pequeños juegos de distracción... Ya que vas parado y rodeado de extraños te pones a hurgar entre atuendos, peinados, aromas, muecas; aires de grandeza, de frustración, indiferencia e incluso rostros de indescriptible dolor... Gente que se odia a sí misma y a los que la rodean... Que buscan meter el codo con cada movimiento brusco, con el solo ánimo de estorbar... Y abren las ventanillas cuando está lloviendo o la cierran cuando el calor es insoportable. Y se sientan y abren las piernas como en posición de parto, simplemente para incomodar al de al lado.
Y tú, claro, actor del monótono cortometraje de cada día titulado: “Uno más del montón”... ¡Pero no! Eres protagonista, tienes la exclusiva. El poder de manipular la realidad... De reír de los demás, sin olvidar que alguien puede estar haciéndolo de ti... Podrás introducir episodios de la vida de cada individuo con tan solo mirarlo a la cara... ¡Mira a ese hombre!... De unos cuarenta años, maduro, con tres hijos y una esposa que ha engordado más de lo que él se imaginaba... Hoy se levantó maldiciendo todo y pensando en una nueva excusa para encontrarse con su bella amante... ¡Mira a esa joven, muy linda por cierto!... Tendrá veinte años. Lleva un guardapolvo blanco... Claro, estudia medicina. Pero en realidad es asistente de una cosmetóloga y sólo se dedica a limar uñas y a secar cabellos... ¡Y aquel gordo de bigotes y traje!... Un gerente con el auto descompuesto o un simple segundón de oficina... ¡Y la mujer de bebé en brazos!... Consiguió asiento gracias a las dulces palabras de una anciana... –¡Ya no hay caballeros en estos días, no les da vergüenza, se hacen los desentendidos, de los dormidos con tal de permanecer sentadotes ahí!.
Y bien, absurdo, hasta infantil si lo quieren, pero que mejor manera de olvidarse de ser uno de los usuarios más del deforme, deficiente y enfermizo servicio de transporte público... Usuarios de la vida, quizás.
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