Me levanté maldiciendo todo, absolutamente todo, incluso los objetos que veía a mí alrededor. Debo confesar que estoy de muy pocas y no puedo comprender de donde me brotaba tanta rabia... Era una de esas mañanas de lunes en las que daba igual desayunar un jabón o un kilo de arena. No había agua y me limpié con lo que quedaba en el bebedero del perro. La plancha no quería encender y mi camisa se parecía a un bollo de papel que alguien intentó alisar... Todas mis medias babeadas y esparcidas por el suelo. Escogí un par, pero los dedos se me salían en las puntas, hice un nudo a cada media y me puse el zapato menos masticado.
Una hora de retraso. Salí tan pronto como pude. Vi al perro girando en círculos sobre su manta para volver a acostarse. ¡Como te envidio, holgazán! –Bruno levantó la mirada y luego se echó a dormir.
Debía caminar un trayecto de veinte cuadras. El dinero del pasaje me lo había gastado en el tragamonedas.
Malditos estudiantes despreocupados, autos, vendedores, oficinistas... Que hermosa mujer, maldita sea la belleza que te impide aterrizar. Un caballo se disponía a cruzar la avenida principal. ¡Apestoso, te van a atropellar! El pobre se habrá escapado del cuartel de la montada que está unas calles más abajo.
Llegué hasta el edificio en donde trabajaba, eché un vistazo al piso 14 y... ¡Qué más da!, pasé de largo y entré en la casa de empeños “El Salvador”. Me dieron una miseria por el reloj que había comprado en el mismo lugar. Pues bueno, peor es nada. Crucé la plaza de la Libertad y el billar ya había abierto. Los vagos me reconocieron, comenzaron a surgir las apuestas y la cerveza. Gané algunos partidos e invité algunas congeladas. Me pasé el día bebiendo y escuchando música de mala muerte.
A las 22:00 el hambre ya no me permitía beber, sentía nauseas y me empezó a doler la cabeza. ¡Un partido más y me voy!... Perdí el último porque en realidad no me importaba, con las otras rondas pude doblar el dinero del reloj. Me despedí y prometí volver al día siguiente.
Cuando salí a la calle, sentí que el mundo daba vueltas. Es que siempre da vueltas, sólo que ahora podía experimentarlo... Caminé hasta la parada. Los negocios ya habían cerrado y me detuve en el puesto de panchos de la esquina. Me comí dos y encargué dos más para Bruno.
El 56-A a la vista... Me lleva... Pagué mi boleto y me senté al lado de una gorda. El colectivo estaba lleno de parlanchines universitarios... “El futuro de la patria, prestos a cometer los mismos errores que sus antecesores”. Yo también fui uno de ellos, pero me gustaba jugar al excluido social.
El autobús se detuvo en el semáforo y comenzó a vibrar como un masajeador. Sentí un cosquilleo en la sien y el estomago comenzó arderme. Cerré los ojos y creo que me quedé dormido porque lo demás no lo recuerdo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario