Esto ocurrió en el vecindario en donde yo vivía. Era bastante pequeño, el vecindario. Unas quince casas. Todas ellas gozaban de buena salud, de excelentes vicios y mucha vulgaridad.
Cada familia tenía un promedio de cinco hijos. Ya sabes como son: gorditos, flaquitos, pecosos, groseros y maleducados. Más de uno con el moquillo verde cristalizado debajo de las fosas nasales.
Los padres no se quedaban atrás: bigotudos, panzones, esqueléticos, encorvados, barbudos y de malos modales. Más de uno alcohólico e infiel.
De las madres ni hablar; o mejor sí: amas de casa, bigotudas, gordas, chismosas, flacas, amargadas y desaliñadas. Más de una malintencionada y prejuiciosa.
En este vecindario vivía una familia que no parecía encajar. Él: Don Tito. Ella: Doña Inés, quienes llevaban diecisiete años de casados y ningún sólo hijo en su haber... Los rumores decían que ella tenía problemas para encargar. Los rumores decían que el pobre era impotente. Los rumores decían que odiaban a los niños. Es más, decían que ocurrían cosas paranormales en el interior de esa vivienda.
Por todo esto Don Tito y Doña Inés buscaron alejarse de sus vecinos. Salían muy esporádicamente... Del trabajo a la casa, del supermercado a la casa, de la iglesia a la casa, etc.
La verdad acerca de esta marginada pareja era que Doña Inés tenía un desequilibrio hormonal. Había hecho tratamientos con médicos nacionales, extranjeros y curanderos. Llamó a todos los 0904 que ofrecían sus servicios, pero no hubo resultados positivos...
Don Tito nunca perdió las esperanzas. Luego del trabajo se detenía por unos instantes en la plaza para contemplar a los niños jugando.
-Yo sé que vendrás muy pronto para alegrar nuestras vidas, hijo mío. Dios, por favor ilumina y bendice mi hogar con una criatura -luego de cada plegaria Don Tito dejaba caer algunas lágrimas y retornaba a su hogar.
-Hola querida, ¿hay novedades?
-No, mi cielo. Espero que mañana sea un día mejor.
Nunca quisieron recurrir a los tratamientos de última generación. Habían oído hablar de que esas cosas no eran aceptadas por la iglesia y por algunos líderes de opinión.
-Un hijo es un hijo y no un paquete proveniente de un frío laboratorio -repetía una y otra vez Don Tito.
Un día de primavera, cargado de colores y pájaros charlatanes, atolondrados, ocurrió lo inesperado... Lo inesperado para el vecindario. Ustedes ya se lo habrán imaginado. Sí, así es. Doña Inés pudo encargar y los iba a tener trillizos.
Ella no pudo esperar para contárselo al marido. Éste había ido a la guerra... Olvidé comentarles esa parte. Se había iniciado una guerra entre dos países, luego se metió otro y así se fueron sumando. Ya saben como son estas cosas... Absurdas como la vida misma.
Don Tito, al enterarse de la buena nueva, juntó sus pertenencias y se despidió de todos allá en el campo de batalla. Incluso de los enemigos, aquellos a quienes nunca había visto en su vida, pero que debía matar por encargo de otro.
Don Tito retornó al dulce y cálido hogar. Los nueve meses pasaron volando. Para mí... Para ellos debió haber sido una larga y dulce espera.
El parto fue convencional. Incluyeron: sábanas limpias, un recipiente con agua caliente, una comadrona y las respectivas abuelas. Los abuelos no, porque se habían convertido en viejos muy verdes.
Idas y venidas en el pasillo de la casa y cigarros para el futuro papá. El vecindario permaneció ajeno a este acontecimiento.
-¡Nació el primero! -dijo la partera. No hubo palmadita en el trasero, no hubo llanto. El padre quedó paralizado detrás de la puerta.
-¡Vino el segundo! -dijo la abuela paterna. No se oyó sollozo alguno. El padre comenzaba a preocuparse.
-¡El último ya está aquí! -dijo la abuela materna. El padre pensó que eran verdaderos guachitos que se resistían al llanto y a los embates de la vida.
-Puede pasar, Don Tito -dijo la comadrona- contemple a sus hermosos niños. El hombre de la casa se sentía un Rey. Observó a su esposa e hijos con mucho orgullo.
Nadie en la casa se sorprendió con lo que había ocurrido, pero yo y el resto del vecindario sí. No eran exactamente niños, tampoco eran niñas las que vieron la luz ese día.
En la casa de Doña Inés y de Don Tito habían nacido tres frases. Así es, como lo oyeron, o en este caso como lo leyeron. La primera rezaba: “Todo gira todo vuelve”. La segunda: “No hay nada nuevo bajo el sol” y la tercera que decía: “Soy lo que soy y no pienso cambiar”.
Ahí iban los cinco, tomados de la mano. La otrora familia discriminada, ahora una de las más aclamadas. Vinieron de todos los parajes para ver a esos peculiares críos. Los programas de TV ofrecían millones por tenerlos.
Don Tito y Doña Inés permanecieron siempre humildes y sosegados. Quizás por eso recibieron tal paquete.
Ellos sabían que sus hijos (las frases) no llegarían a ser presidentes, doctores, sicarios o asaltabancos algún día. Pero les tranquilizaba saber que esas tres adorables frases estarían en boca de todos, y recorrerían el mundo.
Creo que es así como nacen las frases célebres, o los vecindarios de mala muerte. O, en el peor de los casos: los cuentos y los escritores de mala muerte.
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