lunes, 13 de septiembre de 2010

SIN TRANSISTORES.

Ya iba por el segundo día sin pegar un ojo, y bien duros y vidriosos los traía, como huevos a punto de estallar. Solo se despegaba del sofá para ir al baño y luego a la nevera en busca de otra cerveza... Frente a él, un televisor de 40 pulgadas mostraba imágenes del canal deportivo y el estéreo a todo volumen inundaba la habitación con música tropical...
Crispino , “Piraña” como le decían sus amigos, bajó los pies de la mesita, movió su cabeza para todos lados como queriendo descontracturar un cuello de estatua. Se fregó la nariz y rápidamente se preparó 6 líneas reglamentarias. Caló fuerte con su billete de 100, una a una, tres para cada fosa nasal... Nada mal para un novato.

Crispino se incorporó repentinamente, fue un acto involuntario. Observó su reloj: 03:58 a.m... Su madre y su hermano seguían dormidos. Se dirigió a su habitación y volvió con una escopeta...

Estaba completamente ido, se sentía invencible. Alucinó un instante. Creyó ver encuadrada en la pared de la sala la fotografía de una satisfecha mantarraya gigante enseñando a un hombre de unos 2 metros de altura como si fuera su trofeo de pesca. El “raro pescado” estaba colgado de un gancho de carnicería que le atravesaba la espalda y podía verse la punta de la lanza asomándose en medio del pecho... En ese instante, Piraña deseó ver la sangre –espesa y caliente- cayendo del perforado espécimen... Largó una carcajada y salió a la calle.

Aunque era invierno y la sensación térmica era de unos tres grados bajo cero, Crispino salió vestido con una remera, pantalón y calzado deportivo...

Era un pueblo pequeño, de avenidas arboladas y de aspecto tenebroso en las noches húmedas y de frío.

Piraña se detuvo en una esquina, se llevó a la boca la medalla de oro con la imagen de Jesucristo que le había arrebatado al joyero del pueblo y comenzó a mordisquearla suavemente...

Él sabía lo que buscaba, problemas y más problemas... No tenía nada que perder. Cargaba, al igual que su hermano, con antecedentes por homicidio, tráfico de estupefacientes, robo agravado y reiterados hechos de violencia.

Una vaca no era exactamente la clase de problema que estaba buscando el intoxicado delincuente, pero ya que la pobre se encontraba en plena calle, con la correa desamarrada y no se divisaba a nadie más a esa hora de la madrugada, no tuvo más remedio que arrearla hasta su casa. La introdujo sin mayor dificultad por la puerta principal de la vivienda. Era un animal bastante dócil.

–Ahí te quedas, amiga... Quietecita y sin hacer ruido... ¡Jajajaja!- La dejó un instante en la sala, amarrada a una de las patas de la mesa grande y se dirigió a su cuarto. Consumió más coca, esta vez sólo fueron unos ticks que se los introdujo con la ayuda de una tarjeta telefónica.

Piraña regresó a la sala. Volvía a sentirse invencible, todo un dios. Un dios portando su cetro de hierro, pólvora y plomo... Pero cayó de los cielos cuando olfateó el hedor a bosta y pudo ver que la vaca había dejado tremendo regalo en la habitación.

-¡ERES UNA PUTA MAL PARIDA, MIRA LO QUE HAZ HECHO, PEDAZO DE CUERNOS RETORCIDOS!- la ira de Crispino se triplicaba bajo los efectos de los narcóticos y el alcohol.

Los gritos despertaron a su madre y a su hermano que se encontraban en sus respectivas habitaciones.

El traficante gatilló la escopeta y le dio entre los ojos al animal, que pareció desplomarse en cámara lenta para luego soltar unos coletazos y movimientos convulsivos. Esto hizo que su madre y Julio -su hermano menor- ingresaran a escena.

-¡¿Qué haz hecho condenado del demonio?!... ¡Ya tenemos suficiente como para tener que soportar estos delirios!... ¡En este maldito instante los vecinos estarán llamando al 911!- Julio recriminaba a su hermano mayor, aunque sabía que era inútil intentar sacarlo del trance.

-¡Ah!, sí... No me digas –Piraña recargó la recámara de su arma y apuntó al pecho de Julio que se encontraba al otro lado de la sala. En ese instante su aterrorizada madre -haciendo uso del más noble instinto de protección- se abalanzó para cubrir a su hijo menor y recibió un tiro en el lado izquierdo del pecho.

Ahí quedó Doña Filomena de 60 años, huérfana desde los dos años y madre de dos hijos de padres diferentes.

-¡Ahora sí que estás jodido! –alcanzó a decir Julio y se lanzó hacia Crispino, quien nuevamente disparó. La bala penetró en el ojo derecho del hermano menor y atravesó la cabeza dejando unos salpicones de masa encefálica en la alfombra.

Piraña miró a su madre, a su hermano y a la vaca. Estaba ido y sin remordimientos, pero sabía que debía huir.

Fue nuevamente hasta su habitación, abrió el ropero y contempló los siete kilos de marihuana prensada, tomó una pequeña ración y también lo hizo de la bolsa que contenía los dos kilos de cocaína que había recibido tres días atrás.

Acomodó en su cintura un revólver, se llevó la escopeta al hombro, salió a la calle, abordó su auto y ante los primeros rayos del sol se dio a la fuga.

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