lunes, 13 de septiembre de 2010

FRÁGIL EQUILIBRIO.

“Si un cavernícola volviera del pasado creo que lo podría reparar, pero tú no, al contrario, te escudas frases como: ya no tiene solución, se echó a perder, o la famosa: si no fueras tan bruta aún estaría funcionando! ¿Por qué simplemente no dices algo como?: no podré componerlo o me tomaría más trabajo y dinero repararlo que comprar uno nuevo...
¡No haz bañado al perro, creo que no lo haces para darme un nuevo disgusto, el pobre está apestando!...

¡Los vecinos volverán a quejarse si no quitas la basura!...

¡El señor Martínez telefoneó esta mañana y tuve que volver a mentirle!

¡¿Por qué no te quitas esa barba?!

¡Volviste a olvidar nuestro aniversario!... ¡Agradezco a Dios que no nos haya dado hijos, ejemplo de padre tendrían a su lado!...

¡Mi madre dijo que volviste a colgarle el teléfono!...

¡Juan, si no piensas hacer nada en todo el día por qué mejor no sales de mi vista... ¡Eres un cobarde bueno para nada!”.



*****

Eran las 20:30 de un martes bastante pesado. El delincuente subió al colectivo, pagó su boleto y se sentó junto a mí.

El ratero de contextura mediana y vestía jeans negro, calzado deportivo blanco y camisa de lienzo del mismo color con los botones del pecho desabrochados. Un extraño amuleto de cristal Pendía de su cuello un extraño y en la muñeca izquierda relucía un rólex dorado.

Ambos sabíamos lo que iba a ocurrir. Yo, por los años que llevo en las calles, él, porque era su única manera de subsistir...

La prisión crea monstruos, la sociedad se encarga de negar las oportunidades de rehabilitación.

El ladrón extrajo un puñal de fabricación casera y me acorraló contra la ventanilla del autobús. El mal nacido comenzó a susurrar con un ronca voz, imitando a un asesino:

-No te muevas si quieres seguir con vida.

-Tranquilo, amigo... No cometas una locura –respondí sin alterarme.

-Nada de trucos, acabo de salir de prisión... Ya me llevé a seis al infierno... ¿No querrás ser el séptimo?

-Oye, no llevo mucho dinero –yo seguía estando tranquilo.

-¡Rápido: la billetera, el reloj y el morral!

-Toma –le entregué todas mis pertenencias, menos los documentos.

Los treinta pasajeros que llevaba el autobús ya se habían percatado del incidente, pero no podían hacer nada. Todos conocían el procedimiento: “Sin alborotos, sin heridos”...

Comprendía la obligada indiferencia de las personas ante tal hecho... Subimos a un autobús para ir al trabajo, para llegar a casa, al club, a una fiesta, para escapar; pero nunca lo hacemos para perder absurdamente la vida.

El asaltante ya tenía lo que quería, mi viejo morral y el reloj, obsequio de mi padre...

*****

-Pues mira, Marta, los cavernícolas no tocan a la puerta y dicen: “No se preocupe señora, yo repararé el escusado... Disculpe, ¿en dónde puedo dejar el mazo?... Verá usted que esto de ser cavernícola en el siglo XXI resulta un tanto complicado”, luego el bárbaro pega un grito, golpea su pecho con los puños cerrados y grita: “¡Guana, guga, buga, ya lo puede volver a utilizar!”...

-Pero no me afecta en lo absoluto... Ahora tengo la mente despejada... ¡Por qué no subes aquí, Martita! Verás que desde mi óptica todo puede llegar a ser más positivo –Juan tornó la vista hacia el precipicio y creyó ver a su mujer entre la multitud.

-¡No lo haga, Juan, su esposa ya está en camino! –el jefe de bomberos intentaba persuadirlo.

*****

-Sabes que puedo matarte –el nauseabundo aliento del criminal envolvía mi rostro -No pongas cara de héroe, conozco a los de tu clase...

¿Crees que puedes librarte de esta situación tan fácilmente?... Mejor te quedas con las ganas, chico –sus alucinaciones de ser superior colmaron mi paciencia.

La serena inmutabilidad se tornó en ira incontrolable. La sangre volvió a fluir, ahora estaba hirviendo. Los tendones de mi cuello se tensaron como cabos de acero. Sentí un intenso ardor en las piernas y brazos... Con un movimiento brusco lancé al delincuente al pasillo. Desenfundé mi revólver y le disparé a la altura del muslo izquierdo.

El maldito cayó al piso y comenzó a revolcarse como una rata envenenada.

-Por favor, no me mates... Lo siento, no me mates –el mal nacido comenzó a chillar... El papel de víctima le quedaba bastante grande, como cinco tallas.

Introduje el cañón en su boca y comencé a gritarle como un verdadero desquiciado:

-¡De todos los autobuses de esta ciudad, ¿tenías que subirte a este y para colmo sentarte a mi lado?! –el horror congeló los ojos del ratero... Ahora sí parecía una víctima, una fiera en el cepo.

Los pasajeros observaban atónitos mientras el vehículo proseguía su marcha.

-¡Sólo quería llegar a casa, darme un baño y dormir, pero no!... Tuviste que aparecer –algunos quejidos de la rata se amplificaron a través del cañón del arma... Yo seguía gritando.

-¿Cuántas personas ves a tu alrededor?... ¡¿He?!... ¡Pero no, tenías que molestarme a mí!... ¿No sabes que hay gente muy enferma en esta ciudad?...

Me incorporé y volví a escuchar su lamento de rata.

-No me mates, por favor... Yo no quería...

-¡Ya fue suficiente! –contesté.

Le di un puntapié en medio de la boca y una explosión de sangre y dientes apagó su patético lamento.

-Ahora lo pensarás dos veces... Será mejor que lo replantees todo.

Eché un vistazo a mí alrededor, los pasajeros volvieron a sus asientos... Guardé mi arma en el morral, solicité la parada y descendí... Una hermosa luna iluminaba la noche. Tuve que caminar siete cuadras para llegar a mi casa.

*****

Los espectadores parecían botones multicolores esparcidos en el pavimento. El infernal sonido de las sirenas llegaba por momentos hasta la sima del edificio.

Una suave brisa acariciaba el rostro de Juan... Su mente se revolcaba en el agrio fango de su atormentado pasado. Muerte, prisión, drogas, amigos muertos, corazones rotos. Espesas frases colmadas de desesperación, de impotencia, de los interminables sermones de Marta.

Pero él sintió un leve alivio.

-¡Por favor, Don Juan, no lo haga! ¿No le gustaría conversar?... Piense en sus seres queridos que lo estarán aguardando... Todos los problemas tienen solución –el bombero tenía bien memorizado el libreto, como si hubiera leído la última edición de “Alerta en la azotea: ¿Cómo apaciguar a un suicida?” o “Psicología del Rescate”.

*****

Heroico relato, ¿no les parece?... Una impecable versión elaborada por Juan, acerca de lo que le había ocurrido el mes pasado.

Lo cierto es que fue asaltado en un autobús y perdió algunas pertenencias de poco valor. Como también era cierto que fue sorprendido y superado ampliamente por el asaltante. Fue la primera vez que se había sentido vencido.

En tal episodio había experimentado un pavor indescriptible... Lo primero que se le cruzó por la mente f ue que podía perder la vida de una manera absurda.

Unas horas después del hecho había ideado la versión que le gustaría haber vivido. Repasó todo lo ocurrido y fue agregando detalles que lo dejarían bien ante todos.

Pero jamás relató el instante en que creyó sentir la estocada que lo llevaría al cementerio.

-Muerto, muerto, muerto, voy a morir, me van a matar en un autobús. Yo, el que me veía de anciano dando consejos... ¿Eso es todo, así nada más? –pensó en ese momento.

Los treinta segundos, tiempo que se demoró el bandido en perpetrar su atraco, fueron días, meses, años para Juan... ¿Cuántas cosas pueden ocurrir en treinta segundos? ¿Es el tiempo que se toma la muerte en llegar, o quizás menos, o más? ¿Cuántas ideas pesimistas caven en ese lapso de tiempo?

Juan se había convertido en un cobarde y lo sabía. Comenzó a sufrir de insomnio. Cuando conseguía pegar los ojos las pesadillas lo volvían a despertar. La rabia y la impotencia lo aprisionaban... Los ideales de justicia por mano propia, el deseo de portar un arma, miles de conjeturas que se alejaban cada vez más de la vida racional.

No volvería a ser el mismo. Su cobardía fue tornándose en paranoia. No podía permanecer cinco minutos en una parada. Todos eran sospechosos, los hombres que abordaban el autobús podrían ser criminales en potencia. Bastaba un detalle discordante, los movimientos, las miradas, el atuendo, la postura, incluso las muecas eran indicios suficientes para alertar a su enfermizo cerebro.

*****

Juan se sentía ahora envuelto en una paz celestial... La idea de descender como una pluma se hacía cada vez más latente.

Eran las 18:50, el sol desplegaba su esplendor rojizo en el horizonte y reflejaba cascadas de sangre en los ventanales de los rascacielos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario